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Revista cultural y literaria centroamericana

Noticias, reseñas y columnas de opinión

PUBLICACIÓN POR CLAUDIA FIGUEROA OBERLÍN / 3 DE ENERO 2019 

En el momento en que esto se escribe, en muchos lugares se ha escuchado el término disciplina asociado a la escuela directamente. A los alumnos se les ha dicho reiteradas veces sobre el comportamiento disciplinado en las instalaciones educativas y a los maestros les han hablado, con seguridad, de mantener la disciplina dentro del aula en alguno que otro taller, porque, aunque hasta en la universidad se da atisbo del tema, en la práctica es donde más cuesta llevarla a cabo dado que no se tiene claro qué es o que se supone que deba ser ‘la disciplina’.

Las antiguas culturas, especialmente las orientales, toman el término relacionado con ‘el servicio’, esto se debe a que ‘disciplina’ deriva de la palabra ‘discípulo’ y esta quiere decir servidor. El discípulo es aquel que sirve, el que pone en práctica aquello que aprende, por tanto, el discípulo es servidor de la verdad.

En el área educativa, -tomando en cuenta que la educación se da desde la concepción y se complementa con la escolaridad- es decir, en la tradición formal, se forma el concepto de que la disciplina es sinónimo de ‘represión’. Y como también es un término que se ha forjado bajo la idea de las líneas de producción laboral, se asocia rápidamente con que todo tiene que ir limpio y ordenado solo porque sí, en un renglón productivo que en la mayoría de casos no tiene fundamento que lo sustente ni da cabida a que se discuta.

No se sabe exactamente por qué se debe ser disciplinado o lo que ello implica, ya que nunca nos han dado una explicación adecuada para ese comportamiento. Y vamos a tratar de explicarlo en las siguientes líneas.

Antes que nada, debemos tomar en cuenta que el gran instrumento de la disciplina es la voluntad: el discípulo, es decir, el servidor no puede actuar sin la voluntad y es la voluntad la que lleva a buscar en sí mismo esos cambios que se quieren ver en el entorno y la comunidad.

La disciplina se mueve entonces entre cuatro principios primordiales, sin ellos este comportamiento no sería posible:
  • La disciplina conlleva orden: cuando no hay orden en el entorno aparece el caos, de allí surge la idea que todo tiene que estar limpio y ordenado para que todo fluya.
  • La disciplina lleva un ritmo: al haber ritmo, hay constancia y la constancia lleva tanto a la persistencia como a la determinación de nuestros actos.
  • La disciplina es armonía: cuando existe el ordenamiento se implica la armonía, cuya raíz es el mundo espiritual y nos permite poner los pies en la tierra. El ritmo es acción y la acción destruye a la pereza. Sin embargo, hay que tener cuidado cuando este se descontrola y se llega al extremo de la actividad sin sentido. El ritmo es, a su vez, actividad mesurada, es decir, el equilibrio entre la actividad extrema o deliberada y la inactividad o pasividad.
  • Por último, se debe considerar la siguiente conducta: una mente indisciplinada es cual péndulo que requiere de agente externo, que se mueve fuera de sincronía, de un lado a otro, entre el querer y no querer, el gusto y el disgusto; por el contrario, una mente disciplinada no pierde su centro nunca.

Por eso, podemos decir y afirmar, sin temor a equivocarnos, que la disciplina no es la presión ni la restricción que se impone por la fuerza, sin un motivo o sin sentido; sino, es aquella actitud que conviene que tenga el alumno (para el caso de la escuela), o la persona, sea en su vida cotidiana y en todas sus acciones, con el objetivo de aprender todo de todo lo que le rodee.

Escritora Claudia Figueroa