Íbamos sobre la carretera, entre los árboles verdes que con sus ramas parecen multiplicar el camino. Sobre las hojas, los tres volcanes aparecían imponentes como pirámides de una edad desconocida. El aire frío iba convirtiéndose, poco a poco, en aliento de sol. De repente pasamos al lado de una peña que, en un punto específico, esboza la silueta de un rostro de mujer. Por ese camino llegamos hasta la ciudad de Escuintla y de ahí tomamos otro que nos llevaría, entre cañaverales y montañas rocosas, a nuestro destino. Como serpientes en duelo de velocidad se extendían los cuatro carriles de la autopista; de un lado veíamos el océano verde y quieto de las cañas de azúcar y, de otro, el rompimiento de peñones, cerros y volcanes que simulan la reventazón de olas en el mar. En Siquinalá, cambiamos el rumbo y entonces el paisaje era cetrino y pacato en ambas veras. El sol se derretía en el horizonte tiñendo de luz el vientre de las nubes. Así llegamos al pueblo de La Democracia. Las casas nos saludaron con los tejados de dos aguas que simulaban, por la minúscula vegetación que los vestía, cordilleras antediluvianas. Al llegar al parque, no fue el templo católico ni el edificio municipal lo que me sorprendió; fueron doce figuras de piedra incrustadas en él como gemas preciosas. Las efigies eran unas rostros ciclópeos con sonrisas ligeras; otras, humanos de cuerpo íntegro con semblante de neonato. Recuerdo diáfanamente que me quedé en éxtasis ante su tamaño. Eran, en verdad, monumentales.

Rememoro que en aquel periplo fueron muchas las interrogantes que florecieron en mi mente. Me sorprendieron el tamaño descomunal de los volcanes que se alzan en el horizonte como si fueran olas ciclópeas de piedra; las dimensiones inenarrables del perfil femenino que, en un recodo de la brecha, se transforma en un peñón igual a los demás; y, por último, esas efiegies del tamaño de un hombre multiplicado por diez. Le pregunté a mi padre sobre eso y su respuesta fue 《hay muchas cosas en el principio del pasado que no son conocidas》. Fue así como me explicó que, en otros tiempos, los animales y los hombres eran de proporciones diferentes a la nuestra, gigantes como el Goliat de la Biblia o el Polifemo de la Odisea; que los vestigios arqueológicos que miramos de ciudades descomunales, no fueron civilizaciones esporádicas como nos cuentan, sino que se comunicaban entre ellas. Mi padre aseguraba que Tikal había entablado relaciones con Atenas. Yo me preguntaba qué relación tenía todo lo que estaba diciendo con los volcanes, el peñón y los barrigones, pero no fue largo el tiempo que transcurrió para aclarar mis dudas.

Los habitantes de estas tierras eran titánicos, medían al rededor de siete metros y sus hijos recién nacidos eran un poco más grandes que nosotros. A parte de su tamaño descomunal, eran guerreros invencibles. Los pobladores de Europa y Asia intentaron, vanamente, conquistarlos por las armas para adueñarse de su tierra, pero siempre terminaron derrotados, ya que el tamaño de ellos era parecido al nuestro, con excepciones raras como la raza de los Cíclopes. Cansados de atacar estas tierras y regresar disminuidos y humillados, empezaron a buscar soluciones para su desventaja. Se les ocurrió que la única forma de vencerlos era no enfrentarlos cuerpo a cuerpo, sino a distancia, pero aquello era, prácticamente, imposible, porque sus lanzas y sus flechas no eran capaces de herir a esos hombres corpulentos. En esos días, Perseo había cobrado fama por petrificar a Atlas enseñándole la cabeza de la Medusa, a quien había decapitado. Mandaron a traerlo para agregarlo a las filas de su falange, porque creían que gracias a él y a esa cabeza lograrían derrotar a los gigantes. Así lo hicieron. Cruzaron el mar con él en sus filas y llegaron hasta estos parajes. El ejército, como otras tantas veces, se aproximó a los nativos. Ellos los esperaron sonriendo sarcásticamente porque, después de tantas victorias, lo seguro es que obtendrían otra más. Cuando los gigantes se disponían a atacar, el océano de guerreros se abrió por la mitad y en medio asomó Perseo alzando la cabeza de la Medusa, al instante, todos los inmensos pretorianos quedaron convertidos en piedra y fueron decapitados por los invasores. Las cabezas cayeron como meteoritos sobre la tierra. Acabando con ellos, se encaminaron hacia las poblaciones y petrificaron también a las mujeres y a los infantes. Después de varias décadas de batalla, creyeron que podían disponer de esos valles, pero no contaron con que un gigante se había escondido en la cercanía de los volcanes, y cuando se encontraban solazándose descendió sediento de venganza. Todos al ver que su mirada era solar, creyeron que venía incendiado en furor, y se marcharon sin perder un segundo. Sólo Perseo se creyó capaz de quedarse y hacerle frente. Cuando el gigante se acercó, levantó la cabeza de la Medusa con intenciones de petrificarlo, pero no sabía que lo rojo en el rostro de su adversario era lava con que se había cegado para hacerse inmune a la cabeza maldita. El hombre le dio un puntapié al extranjero, tan poderoso que, posiblemente, lo mandó de vuelta a sus tierras. Luego alzó la cabeza para rebosarla con su odio y hacerla tan grande como su rabia. Él conocía muy bien aquellos lugares, por lo que se fue rumbo al cinturón de Peñones en busca de uno de los ríos. Al llegar ahí, hizo que la cabeza se reflejara en el torrente diáfano y se petrificara a sí misma. La descomunal Medusa hecha un busto de piedra, fue colocada sobre un peñón, y luego el gigante se recostó a su vera desconsolado de ver que todos a su mundo le había llegado el fin…

El peñón que viste formando una silueta de mujer, es la Medusa; uno de esos volcanes es el que expulsó la lava con que el gigante vengador se despojó de su vista, las cabezas que ves son los gigantes decapitados y los barrigones son sus hijos》.

La explicación de mi padre se grabó en mi mente y la recuerdo con las mismas palabras que articuló. A veces pienso que es una de sus ficciones, pero cuando recorro nuevamente aquel camino y veo los volcanes, los peñones y y las esculturas, respiro una energía extraña que me hace pensar que es cierto.