Un relámpago cruzó la oquedad quebrando el cielo en dos pedazos: uno cayó en la noche y otro cayó en el día. Tras el sable que pronto se desvanece, vino un estruendo terrible que empezó en el oriente y se fue caminando hacia el occidente. Si alguien hubiera tenido la paciencia de esperar, habría escuchado cómo, después de darle la vuelta al mundo, el trueno aparecía de nuevo por donde inició. El relámpago y su voz presagiaron una abrumadora tormenta que duraría semanas.

Los niños que retozaban en las rúas, entraron rápidos a casa para abrazar a sus padres; uno de ellos le preguntó al suyo sobre el motivo que provocaba los rayos y los truenos y él no supo responderle… En el tiempo aquel en que la tecnología aún no llegaba al humano, las personas se entretenían leyendo. En un antiquísimo libro Juan Pablo leyó que los rayos tenían origen divino, que eran los clavos de… polilla… la polilla se había comido la parte del folio donde decía de quién eran los clavos del cielo. No sabiendo a quién pertenecían, Juan Pablo decidió averiguarlo por su cuenta: sólo es necesario, se dijo, subir a un volcán que tenga el cráter arriba de las nubes, para ver desde allí de
dónde salen esos clavos luminosos. Desde el día aquel pasó esperando una tormenta eléctrica que fuese duradera, y cuando llegó, cuando al fin llegó, tomó su equipo de montañismo y se dirigió hacia un volcán que en otro tiempo tuvo el nombre de un dios. Bajo los cabellos de la tempestad empezó a ascender. Cuán penoso se le hizo subir. Si los árboles contaran el tormento que vivió bajo la tormenta, la tristeza vendría a los ojos. Tres veces estuvo a punto de ser fusilado por un rayo y tres veces un árbol lo salvó empujándolo con sus ramas. No se sabe cómo, ni él mismo supo cómo subió más allá de las nubes que se abrazaban al volcán para que no se las llevara el viento, pero cuando estuvo en la cúpula volcánica, fue tal su asombro ante lo que presenciaba, que se le detuvo el tiempo en el corazón; no obstante, la curiosidad por atestiguar el acontecimiento que se repetía una y otra vez, hizo que el cuerpo se levantara para que, aunque fuese muerto, viera el origen de los relámpagos: dos hombres de broncíneas armaduras y tamaño inenarrable, llevaban a otro lacerado y directo a la muerte. Después de burlarse de él, de humillarlo, lo despojaron de su túnica y, cuasidesnudo, lo acostaron sobre una cruz de nubes grises; sus brazos los pusieron en los brazos de la cruz y sus pies en el pie del nubero. Cuando el hombre estuvo en esa posición lo ataron para que no se moviera, luego alzaron las manos al techo cósmico para extraer ingentes clavos (que en la tierra llamamos estrellas) y los martillaron de forma sesgada en las nubes para agrandar el suplicio del prisionero aplazando su punición (son esos los rayos que se pasean en el cielo), después colocaron otros sobre las manos y pies del condenado y de un golpe hicieron que atravesaran su piel y sus huesos. Con tal ímpetu fue el impacto, que los clavos de oro traspasaron fácilmente las manos de Cristo, y luego, las nubes grisáceas para caer con vehemencia sobre la tierra; y fue tan insoportable el dolor del crucificado, que disparó un grito terrible… Abajo de las nubes parecía que el lamento empezaba en el oriente y se iba caminando hacia el occidente…

La crucifixión se repite tantas veces sobre las nubes, como tantas tormentas hay sobre la tierra.