Cuando salieron de su tierra, le contó a su hijo que ellos eran galileos y descendientes directos de los infortunados testigos en la crucifixión de Jesús, y que, desde aquella tarde, estaban destinados a cuidar la reliquia más valiosa de Cristo… Salieron de Asia con rumbo a Europa, recorriendo países por los que, muchos siglos atrás, sus antepasados se habían escondido de los judíos persecutores. Le advirtió que, cuando llegaran al lugar sagrado y aún durante el viaje, debían decir cualquier nacionalidad ajena a la suya para no causar sospechas.

Llegaron a la boca del mar y tomaron un barco con rumbo a América. Durante la travesía y admirando la espalda erizada del océano, fue preparando a su hijo para que, al conocer su misión, la asumiera con dignidad.

El barco atracó en una playa de arena solar y de enhiestas palmeras que simulaban explosiones atómicas florificadas. En aquel lugar, donde el sol derramaba su luz en cascadas profusas como cabellera de ninfa, decidieron descansar algunos días antes de verter sus pasos sobre el último fragmento de camino.

Tras un recorrido medianamente largo, asomaron al mirador donde el valle lucía espléndido… como sol orbitado por múltiples planetas se erguía majestuoso el templo. La ciudad estaba asentada en una corona de cerros que les recordó la corona de Jesucristo. Esta es nuestra tierra prometida, se llama Esquipulas, le comentó a su hijo y empezaron a descender.

Llegaron frente al templo que por su blancura y sus espadañas parecía luna levantando los brazos. Fueron a buscar al sacerdote (quien aparte de ellos y el sumo pontífice era el único que conocía el secreto de aquella reliquia) y se identificaron con él. Cuando la negra sequía ya no alimentó el profuso río de feligreses, entraron al templo y se postraron frente al Cristo Negro de Esquipulas.

Hincados frente al Señor y después de rezar por varias horas, el padre decidió que era el momento de revelarle a su hijo la razón por la que esa imagen poseía fama de milagrosa y debía dársele sumo cuidado. En el templo el eco de su voz parecía plasmarse en las paredes.

    – Como venía contándote en el viaje, hijo, somos nosotros los descendientes directos de los galileos que presenciaron la crucifixión de Jesús. A nuestro linaje está designado cuidar la reliquia más valiosa que se tiene de nuestro Señor, y para ello, al país a donde vayamos no debemos decir nuestra verdadera nacionalidad, sino inventar otra… Hace más de dos mil años, después de que Jesús predicara el amor, por influencia de judíos fue condenado a morir en el madero. En el Monte Calvario lo crucificaron; cuentan que agonizó durante tres horas y luego murió. Al perder la vida, la furia de su Padre Celestial, se hizo presente. El cielo se oscureció como si fuera de noche y empezaron a cruzar por él látigos de luz. La tierra tembló incansablemente. Romanos y judíos huyeron del lugar por miedo a morir. Sólo aquellos que creían en Jesús se quedaron. Terribles rayos parpadeaban entre las grises nubes proyectando la silueta de Cristo en el suelo. Los galileos se quedaron ahí, lanzándose  sobre la sombra de Jesús y abrazándola desesperados, ya que no podían abrazar al hijo de Dios que colgaba en la cruz. Pidieron al Padre, en ese momento, que les permitiera quedarse con la silueta del Mesías para recordarlo eternamente por medio de ella. Entonces Dios les dio el poder de arrancar el pedazo de suelo en que estaba la sombra ya imborrable de Cristo y del madero. Con la sombra entre los brazos disponían a marcharse del lugar, pero fueron vistos por un grupo de judíos que no se había ido. Para ellos, que Jesús era un falso profeta, la extracción de la sombra era una afrenta y por eso decidieron seguirlos. Nuestros antepasados consiguieron escapar, pero sus persecutores no se resignaron. Pronto comunicaron el suceso a todos los demás y empezaron una búsqueda incansable por el mundo conocido hasta ese entonces, para matar a los protectores de la sombra de Jesús y a la vez, deshacerse de ella. Durante siglos los descendientes de los primeros protectores huyeron acosados por los descendientes de los primeros persecutores. A varios países llevaron la sombra y a pesar de esconderla en los lugares más discretos del mundo y cambiar su nacionalidad, los judíos siempre lograban llegar cerca de ellos. Por eso, cuando los españoles estaban conquistando América, uno de nuestros antepasados creyó conveniente viajar a España y unirse a la expedición de soldados camino del Nuevo Mundo, llevándose con él nuestra reliquia; seguro que aquí sería más difícil para los judíos localizarla. Cuando llegó a América se asentó en esta tierra que ahora llaman Guatemala; y aprovechando su habilidad como escultor, se dedicó a fabricar imágenes de Jesús para ser veneradas en los templos recién construidos. Obedeciendo la tradición de cambiarse de nombre y nacionalidad para no ser identificado, se hacía pasar por portugués e hizo llamarse Quirio Cataño. Su fama como escultor iba creciendo a lo largo de la Nueva España y eso hizo que temiera ser descubierto y, a la vez, despojado de la reliquia.

   Una de tantas noches bajo este cielo, entró a donde tenía guardada la sombra de Jesús y del madero. Admirando el rostro que podía verse en lo negro de la silueta, le pidió al Padre le permitiera, por fin, después de milenio y medio, ponerla a salvo. Al salir de aquella habitación, llegó a su taller un hombre que iba a pedirle, como tantos, una efigie de Jesús, sin embargo, le dijo que esta era una imagen especial. La pedían en el oriente de la región y la querían de piel obscura, como la de los habitantes de aquel lugar. Querían un cristo negro. Quirio meditó por un momento y comprendió la señal divina. Pensó que dando la reliquia a aquel lugar y al quedar como una imagen pública, las sospechas de que fuera la sombra de Jesús iban a desaparecer eternamente. Dijo que la imagen estaría lista en poco tiempo. Cuando llegó el día pactado, la entregó, no sin mucho dolor en su corazón, pero sabiendo que en un altar estaría a salvo de los judíos y derramaría bendición a todo el mundo. Desde entonces, hijo, los descendientes de Quirio, que a la vez descendemos de los primeros guardianes, ya no estamos destinados huir por todo el mundo cuidando de la reliquia, pero sí a estar pendientes de su seguridad. Ahora que ya estoy viejo, te he traído aquí para revelarte el arcano y decirte que eres responsable de cuidar de ella y contarle a tu hijo, cuando llegue el momento, lo que yo ahora te he contado, decirle que debe sustituirte en su cuidado, que esta es una cadena eterna con eslabones benditos. Mira bien esa imagen del Cristo Negro que está en el altar mayor de este templo, admírala con gozo, porque, aunque muchos también la admiran, tú eres una de las únicas cuatro personas en el mundo sabedoras que, en realidad, es la sombra de nuestro señor Jesús…

   Cuando la luz del sol llovía sobre el cielo de Esquipulas, creció nuevamente el caudal de feligreses y el templo se llenó de oraciones y súplicas. Padre e hijo iban ya de vuelta al Viejo Mundo, con la tranquilidad de que la sombra de Jesús, extraída del suelo el día de su crucifixión, estaba a salvo…