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ESTROFAS DE CINCO VERSOS – Por pablo Bejarano

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Revista cultural y literaria centroamericana

Noticias, reseñas y columnas de opinión


Bukowski, Bukowski, Bukowski


-Me llamo Henry, o díganme Chinaski, ahora soy ¡Henry!…


Sin duda Bukowski lo estaba absorbiendo. Estaba leyendo sus libros autobiográficos, terminaba de leer Música de Cañerías. Era algo lamentable, se emborrachaba, se despertaba hasta medio día, apostaba su dinero en juegos de azar. Se acostaba con mujeres distintas a diario. Parecía un calco de cualquier cuento de Bukowski, excepto por que no era un gran escritor como él. Trató de publicar material suyo, pero no pudo. “Seré el siguiente Bukowski”, pensaba (a veces en voz alta) cuando iba a alguna editorial. “¡Vete a la mierda!”, le decían. A él también lo trataron así; le cerraban puertas. Siempre el mismo pretexto, hasta que alguien le espetó, “Llevas más de 20 años con lo mismo”. Él no tardó tanto. Solo sirvieron aquellas palabras para que llevara vino a su habitación, leyera La máquina de follar, y se masturbara.

No salía, no hablaba con nadie, sin familia, sin amigos, sin un empleo, Bukowski lo está matando. El señor indecente marcaba el curso de su muerte. Antes no era misántropo, antes tenía un sentido su vida. Antes, antes…

***

Justo después de la muerte de su madre, Sergio –así se llamaba- de 19 años, era feliz (como se puede ser feliz en este país). Tenía amigos, una relación con su padre, sus abuelos e incluso una pretendiente. Todo normal, al menos le alcanzaba para vivir.

Su padre le llevó unos poemas de Bukowski, creyó que era una medicina para contrarrestar Los Versos del Capitán, de Neruda. Esto es verdadera poesía, decía. Solo falta que después me salgás conque te gusta Benedetti o Bécquer. Sergio se sintió mal, tomaba ideas de estos escritores para dedicarle o crear algunos poemas a su amada. Tardó dos semanas en decidirse por hojear a Bukowski, al momento de hacerlo, fue como si cayera en un trance, Sergio parecía embobado leyendo a todas horas aquellos poemas una y otra vez. No tenían nada de espectacular, pero en Sergio produjo un síntoma de Chinaski.

Luego logró que el padre le comprara diez libros más de Bukowski, se leyó todo. Una y otra vez. El padre creyó que Sergio buscaba algo para distraerse luego de la muerte de la madre, algo en qué ocupar su mente. Sergio estaba en otra dimensión. Encontró empleo en un bar y no tardó en irse de casa. El padre no se opuso. Desde ese momento, Sergio empezó a seguir los pasos de Chinaski que, en sí, es el alter ego de Bukowski.

Siempre tenía en mente recorrer La Senda del perdedor; ser El Cartero. Él sabía que únicamente le hacía falta ser escritor famoso, al menos reconocido. Contaba sus aventuras con el mismo lenguaje que leía en las obras, agregaba situaciones similares y más explícitas. Conocía las frases más recurrentes de sus libros, las utilizaba; describía escenas sexuales o peleas de ebrios más escandalizadas que el propio Bukowski. Estaba tratando de ser un calco de su autor predilecto. Quería hacer lo mismo pero medio siglo después. Llevaba sus trabajos a editoriales, la misma respuesta. Seguía, seguía… pero nada. El dinero escaseaba y las mujeres y el vino también. Empezaba a reducirse su mundo aún más.

Había leído algo del existencialismo y pensaba constantemente en el suicidio. Única salida decente, se decía, único medio adoptable. Solamente tenía en posesión un colchón, un par de camisas, un par de zapatos y dos botellas de vino. Creyó que la lata de cerveza frente a él podría tener una gota, no había nada. No salía a buscar trabajo, pronto saldrá algo, decía.

Un día se acabó todo. Regresaba a su apartamento, del cual, de milagro no lo habían sacado. Alguien dejó la llave del gas abierta, una chispa y todo ardía en llamas. Sergio llegó empezado el incendio, ¡mierda!, mis libros, pensó. Toda su colección de Bukowski, todos sus libros, sus escritos. Entró corriendo, fue directo a su habitación. Buscó bajo la cama, tomó seis de los 14 libros que tenía, algunos apuntes propios. Salió corriendo apenas, el humo lo sofocaba. Vivía en el piso cuarto, ya había descendido hasta el segundo cuando escuchó el lloriqueo de una niña, al parecer estaba en el clóset. Ir a por ella o arriesgar con sus libros. Así de simple…     

No hace mucho lo vi en una banca del parque, no ha cambiado su apariencia, me acerqué a él y me colocó en las manos seis ejemplares de Bukowski. No dijo nada. Se levantó y se fue.

Fin.

Denis Roberto Monterroso
Ciudad de Guatemala, 22 años.

Pensum cerrado del PEM en Letras; Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Actualmente sigo con la Licenciatura en Letras en dicha facultad. Aunque vivo en zona roja, agradezco la variedad de relatos que esto ha provocado en mí. 

«Acerca de mi texto: el relato surge por el gusto de Charles Bukowski, el atrevimiento en sus letras, llamar a las cosas por su nombre y no utilizar un lenguaje retórico como fuente de intelectualismo, en este caso: pseudo. Ahora bien, la complicidad que puede lograr un autor con sus lectores y ejercer en ellos disposiciones que las personas no saben que poseen, es parte esencial de mi relato.»