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Revista cultural y literaria centroamericana

Noticias, reseñas y columnas de opinión

PUBLICACIÓN POR LUIS RICARDO LÓPEZ ALVAREZ / 18 DE SEPTIEMBRE 2019

Columna publicada previamente en el medio digital Gazeta de Guatemala el día 8 de febrero de 2018.


No sabemos cómo pero nos descubrirá desprevenidos, quizá pensaremos que se trata de un ataque de ansiedad. La poesía nos vendrá como un malestar de embarazo, se aglutinará en nuestra garganta y saldrá fortalecida de nuestro ser, hasta que nos llegue el alivio.
“¿Qué es la poesía?”, preguntaba a mis alumnos en un taller esta semana.
En un tronar de dedos pasó por mi mente el verso poéticamente muerto de Bécquer, aquel que ha sido asesinado por amantes de tarjetas Hallmark, de esos amores que no duraban más de quince días; estrangulado y envenenado por maestras regordetas de sexto primaria que lo repetían como el epítome de lo poético junto con el «Yo pienso en ti».
¿Qué es poesía?…
Resonaba de nuevo, como un malestar que se agrandaba en mi mente; y vinieron luego a mi recuerdo las declamaciones exageradas de participantes en los concursos de semanas culturales, cargadas de hiperbólicos ademanes, de brusco e innecesario alzar del tono de voz; la fórmula mágica del éxito en ese entonces, el verso gritado y el exagerar de ademanes.
Pensé de nuevo, y llegaron aquellas veces que me dormí pacíficamente, babeando aún en la primera página del Azul de Rubén Darío. O los mediodías interminables repasando las figuras retóricas en el salón de clase en plena Cuaresma en San Salvador.
¿Pero había sido la poesía tan solo un desfilar de malos ratos?…
De haber sido así, podría considerar que algunos textos de mi biblioteca son en definitiva un particular instrumento de disfrute masoquista. Y aunque mucho me hubiese gustado vivir como aberrado, leyendo y sufriendo hasta el orgasmo, he de recordar que bellos ratos también me acompañaron.
Aprender a declamar sin saber leer aún, tan solo por la habilidad de imitación que tiene un niño a los tres años de edad; el encanto con el que recibí el Francisco y el Lobo de Darío; los muchos poemas, tan significativos para mí, pero perdidos desde los doce años; o las vibraciones en la columna y el dolor imaginado que recibí luego de leer el Viento negro de Brañas.
Supe responder a los muchachos que ocasionalmente me encontré con circunstancias en las que la poesía fue un momento de verdadera conexión con la realidad y los sentidos.
Pues fue tan poesía, o más poesía, aquel declamar y no el poema, sino un verso con métrica de un participante anónimo, ignorado en un taller de poesía, en ese entonces dirigido por Marco Antonio Flores en el Paraninfo Universitario; fue poesía un atardecer, un desahogo en una obra teatral, la muerte de un ser querido y el posterior desconsuelo de no poner tenerle cerca nunca más.
“¿Qué es poesía?”, dije para mis alumnos.
Poesía es aquello que despierta en mí el lado más humano, lo que se mueve dentro de mis emociones y me hace reflexionar en torno a la experiencia efímera de vivir.
Esa tarde a la espera en la cola de banco me enteré de la muerte de Parra, y no mentiré diciendo que soy otro antiguo aficionado; le conocía sí, de años, y de pocos textos; sin duda mi primer reencuentro fue El hombre imaginario; que disfruté tanto como si se tratara de una travesura literaria. Quizá me dolió su partir, como el de aquel amigo con el que uno se encuentra cada tantos años, con el que uno no sabe cómo justificarse la ausencia y, sin embargo, cada reencuentro parece como si estuviese separado por unas cuantas horas.
Gracias Nicanor, desde la trascendencia, desde el más allá, donde sin duda llegan las plegarias de todos los religiosos de Facebook; donde las oraciones y los amenes virtuales tienen sentido; ¡gracias!, por invitarme a ofender a la poesía, para no dejarla morir.

LUIS RICARDO LOPEZ ALVARZ